VIAJANDO POR ESPAÑA Y PORTUGAL
A final de septiembre llamé por teléfono como habíamos quedado, contestándome Soledad muy ilusionada:
Vamos a realizar otro viaje, esta vez en el coche que conducirá “el Jacobo”. Pero un momento que se pone el señor Ricardo.
= Tomás. ¿Cómo está?
- Bien.
= Nosotros lo hemos pasado bien y como le ha dicho Soledad, vamos a realizar un viaje con la compañía de Jacobo, por tanto usted se ha de incorporar más tarde. Ya nos pondremos de acuerdo en la fecha.
- De todos modos yo regreso a Barcelona y estaré localizable en el teléfono de allí. Y mientras ese día llega deseo que lo pasen bien en el viaje que piensan hacer.
= Ya veremos como resulta. Si sale como el que hicimos a Mallorca nos podemos sentir contentos.
- Todo saldrá bien. Con esa intención lo preparan ¿no es así?
= Ya lo comentaremos al regreso.
Así. Hasta ese día.
Después de mi vuelta a Barcelona llamé al teléfono de la casa del Sr. Ricardo y cual fue mi sorpresa al comprobar que no estaban de viaje. Estaban en Barcelona, porque respondía la voz de Soledad diciendo:
Hola Tomás. Estamos aquí porque el Jacobo se ha visto obligado a hacerse cargo de los nietos durante unos días.
- Vaya contratiempo. Yo os hacía ya por tierras gallegas. ¿Y el Sr. Siscar como está?
Está bien. Ahora se pone.
El señor se puso al teléfono y después de saludarme me dijo:
= ¿Qué le parece si mañana se pasa a las doce y ya hablaremos?
- Eso está hecho. Así que hasta mañana a las doce.
= Entonces quedamos así.
Era el 12 de septiembre de 1.992 y al día siguiente me incorporé a la rutina interrumpida por las vacaciones de verano, pero ellos seguían pendientes de Jacobo, pues si en principio fue cuidar los nietos ahora era una dolencia ciática lo que impedía, al bueno del Jacobo, poder acompañarles.
Al comprender que la dolencia del Jacobo podía prolongarse más de lo conveniente y que aquel viaje lo haría, si es que llegaba hacerlo, más por compromiso que por convicción, me sentí moralmente obligado a decirle:
-.Señor Siscar. Si usted quiere yo puedo acompañarles en ese viaje, si es que el Jacobo no puede hacerlo.
= Gracias por el ofrecimiento. –me dijo-. Me lo pensaré. Y usted háblelo con su esposa.
Al día siguiente quedamos de acuerdo para iniciar el viaje el día 20 a las 9 de la mañana, cosa que se produjo sin ningún contratiempo. Y así, comenzamos por la autopista dirección a Zaragoza. Para mí, pensar en Zaragoza era lo más fácil, y conducir un buen coche por una autopista parecía cosa sencilla, y más si se va a un lugar conocido, no en vano hacía unos treinta y tantos años había vivido en la capital de las Torres del Pilar cumpliendo el servicio militar.
Muchas veces había dicho que volvería a Zaragoza, pero nunca me lo había planteado en serio. Ahora con los 56 años a cuestas se realizaba el viaje y mientras circulábamos recordaba aquellos años: El Templo del Pilar, el Ebro con sus aguas turbias al paso bajo sus puentes, mientras unos pescadores tensaban el hilo de sus cañas para sacar unos barbos que hacían todo el esfuerzo posible para permanecer en el medio que les permitiera seguir viviendo.
Yo hablaba de un gitanillo que se llevaron las aguas de Ebro y los acompañantes hablaban de otras cosas, ya que también tenían recuerdos de la capital aragonesa.
Soledad, comentaba sus viajes por esta carretera, como guía de autocar en los desplazamientos a los campamentos militares, haciendo énfasis en algunas anécdotas relacionadas con aquel trabajo y el comportamiento amistoso de los conductores.
Circulábamos a buena velocidad contemplando a ambos lados de la autopista los campos improductivos, sobre todo “Los Monegros”, objeto de nuestros comentarios. Soledad nos decía que unos veinte kms antes de Zaragoza veríamos un toro (lógicamente se refería al toro anuncio)
El Sr. Hablaba poco, pero por lo que nos diría después recordaba otro viaje que había realizado acompañado por su esposa, que en paz descanse.
Yo les comentaba algunas cosas de Zaragoza como: el recuerdo de tantos soldados por la calle Coso, la plaza de España, la plaza del Paraíso y el paseo de la Independencia, por el que se agolpaban a la hora de paseo allá por los años cincuenta
Soledad nos volvía a decir que el toro ya estaba cerca y efectivamente, aquel anuncio sin palabras permanecía gracias a una decisión política, que había permitido que un anuncio de bebidas alcohólicas parezca un orgullo nacional. Son múltiples las empresas que recurren a cosas parecidas para burlar la prohibición de anunciar tabacos y productos alcohólicos.
Volviendo a los recuerdos de cada uno, me da pié a pensar en el gran almacén de datos que es nuestro cerebro: Yo hubiera estado todo el recorrido hablándoles de mis años de militar y no habría terminado los recuerdos de aquella época. Soledad hubiera hecho lo mismos de sus años de guía y el Señor, para que comentarlo, era el más mayor y más experimentado y no hablaba mucho por el recuerdo de su desaparecida esposa.
Comentando estas cosas entre nosotros, celebrando el buen comportamiento del coche y el buen estado de la carretera, divisamos las emblemáticas Torres del Pilar que nos indicaban la inmediata llegada a Zaragoza.
Basílica del Pilar
Una vez allí acomodamos el coche en aparcamiento subterráneo y nos dirigimos hacia el interior del templo, donde contemplamos las maravillas de aquel Santuario en honor a la Virgen y visita obligada de cuantos llegan a la capital aragonesa. Después caminamos por la calle Alfonso I, en el intento de localizar un establecimiento del que el señor Siscar, había sido proveedor en el pasado, lo que resultó del todo imposible, quizá porque ya no existiera o porque los datos que recordaba el señor no fueran suficientes.
Soledad y yo hablábamos de las cosas que recordábamos de la ciudad, mientras andábamos y mirábamos las exposiciones comerciales hasta la calle Coso, donde el Jefe nos indicó que debíamos volver por el cansancio de sus piernas y que sería mejor hacer un recorrido por las principales calles subidos en el coche, lo que nos permitiría ver más cosas en menos tiempo.
Mientras hacíamos el recorrido propuesto, el señor quiso que recabáramos información sobre un restaurante donde habían comido en un viaje con su esposa. El establecimiento en cuestión resultó ser “El Cachirulo” un restaurante ubicado en un edificio antiguo de la carretera de Logroño con buen aparcamiento y un interior agradable y acogedor, donde nos quedamos a comer.
La elección de la comida correspondió a cada uno, aunque mis compañeros no encontraron a su gusto un Rosbi que terminaron dejando en el plato, mientras refunfuñaban por la calidad de su carne.
Una vez terminado la mala comida, que ellos completaron con repetición de postres, reanudamos la marcha dirección a Logroño, con la intención de pasar allí la noche. Viajábamos por una autopista de circulación escasa, lo que nos permitía avanzar con rapidez. Y antes de pensarlo ya veíamos a lado y lado de la carretera las plantaciones de viñas que nos recordaba el buen nombre que se tiene ganado el vino de La Rioja. También hablamos del Logroñés, equipo de fútbol que llevaba bastantes años realizando un buen papel en las competiciones españolas. Y hasta me permití recordar aquella anécdota que comentó su presidente después de un partido frente al Barca en el Camp Nou. “El Logroñés va tan bien porque antes de los partidos se toman un vasito de vino de la Rioja”.
Con normalidad y casi monotonía nos presentamos en Logroño y al adentrarnos por sus calles veíamos bastantes edificios con su exterior de ladrillo, presentando poca originalidad. El Jefe decía que habíamos de preguntar por la oficina de Información y Turismo, sin duda recordando la época en que los puntos de información tenían ese nombre.
Viñedos en La Rioja
Parado el coche me adentré en un bar, fiel a mi costumbre de preguntar siempre en el interior de algún establecimiento y nunca a personas en la calle. La respuesta fue que en Logroño no encontraríamos ni una habitación por celebrarse las ferias y fiestas locales.
En este momento nos quedamos un poco parados. Era el primer contratiempo. ¿Qué hacer?
= Tendremos que ir a Bilbao –dijo el señor Siscar–
- Creo que no tenemos elección –le respondí yo-
Y la Sole, refunfuñando empezaba a culpar a la mala suerte de lo ocurrido -recordándonos que pronto se haría de noche-
= Pues no perdamos tiempo.
Volvimos a subir al coche y reanudamos la marcha dirección Bilbao, por una autopista que presentaba una circulación tan escasa que parecía que la hubiesen reservado para nosotros. No se oía otro ruido que el producido por el motor del BMW que parecía música celestial por lo bien que respondía a nuestras exigencias. La vegetación era distinta. Se acababan las viñas y aparecían montañas bellas y enigmáticas al mismo tiempo. No veíamos personas, ni coches y los árboles y arbustos que se dejaban ver nos hablaban de zonas altas y húmedas.
No hacíamos el recorrido con agrado por salirse de lo previsto y realizarlo por un contratiempo. Se aproximaba la noche y nos dirigíamos a un lugar que no disfrutaba de nuestras simpatías, aunque sólo fuera por los disgustos que nos producían los atentados de ETA y nuestro desconocimiento de una Autonomía que se muestra en conflicto permanente con las instituciones del Estado Español.
Conforme avanzábamos iban apareciendo a ambos lados de la autopista viviendas solitarias o agrupadas en pequeño núcleos por laderas y montes. Ya circulaban más vehículos junto a nosotros, mientras se iniciaba una bajada poco pronunciada. El paisaje bello y extraño al mismo tiempo, aunque nunca sabremos si la percepción era real o condicionada por nuestros prejuicios. Y finalmente para aumento de nuestro malestar nos vimos inmersos en un atasco circulatorio a la entrada de Bilbao. Ya era de noche y nuestro deseo era encontrar una cama donde descansar y dormir.
Finalmente pude detener el coche e introducirme en un bar con la intención de preguntar por un hotel. El azar hizo que la dueña del establecimiento fuera de Barcelona, quien me recibió con cierta alegría diciendo que muy cerca de allí había hoteles, pero no supo explicarme bien por donde llegar a ellos en coche. Lo cierto era que ella estaba más interesada en hablar de Barcelona que de lo que nosotros necesitábamos, por lo que salí sabiendo que cerca de allí había hoteles, pero nada más. Volví a donde estaban el señor y Soledad para tranquilizarlos y avisarles que quería completar la información. Me dirigí a otro establecimiento, esta vez una peluquería de caballeros repleta de clientes, que con amabilidad me informaron e incluso uno de ellos salió a la calle para indicarme el camino a seguir. Volví al vehículo y, una vez en el interior, les transmití la buena disposición de los clientes de la peluquería para informarme y mi convencimiento que prontísimo llegaríamos al hotel que me habían indicado para la terminación de nuestro desasosiego y disfrute de un deseado descanso.
Reanudada la marcha, en cosa de unos minutos nos encontrábamos en el vestíbulo de un hotel frente al recepcionista. Y la sorpresa fue escuchar de éste que en en Bilbao no encontraríamos habitaciones libres.
- ¿Y eso porqué?
Hay un acontecimiento especial. Una Feria de Muestras.
Pues si que estamos bien –dijo Soledad–
Guggenhei de Bilbao
= Como ve, está lloviendo y nosotros necesitamos donde pasar la noche. Esto quiere decir que si usted puede hacer algo por encontrar unas habitaciones se lo agradeceremos mucho.
No es que yo quiera o no ayudarles. Es que no hay habitaciones libres esta noche.
-.Y ¿Qué nos aconseja usted? -Pregunté yo-
Mejor cojan la carretera de Santander y vayan mirando lo que encuentran.
Era una segunda contrariedad importante, Estar en Bilbao de noche, lloviendo, sin habitaciones para descansar y con desconocimiento de la carretera que habíamos de recorrer y, como sucede siempre, el que no se conforma es porque no quiere. Al fin de cuentas Bilbao no entraba en nuestros planes iniciales y, mira por donde, tener que marcharnos podía resultar un alivio. Así, tras pedir información sobre la dirección a seguir comenzamos a circular por una carretera muy estrecha, con una curva tras otra, sufriendo además las molestias de una intensa niebla. Avanzar avanzábamos poquísimo; en una carretera tan estrecha, con tantas curvas lloviendo y con la dificultad de la noche era imposible dejar la estela de unos camiones que circulaban, cuando lo hacían, a no más de veinte kms a la hora. La noche por estas tierras desconocidas para nosotros, tenía tintes de aventura para un trío de personas que no éramos precisamente unos niños, puesto que la suma de años de los tres totalizaban 208, que es ya una cifra considerable.
Circulando tan despacio se consumía más carburante. Así que a todo lo dicho se sumó otra preocupación: necesidad de repostar gasolina.
- Alerta a toda la tripulación: Avistar un surtidor de combustible.
Como suele suceder, o al menos así paree, las cosas se presentan cuando no se necesitan, pero cuando es de urgencia encontrarlas les gusta hacerse rogar. Como pasaba el tiempo y no veíamos la ansiada gasolinera los nervios empezaron a aflorar.
Soledad decía:
Lo mejor sería parar a donde se pueda antes de quedarnos sin gasolina en medio de la carretera.
= Eso es un disparate.
- Calma –recomendé yo- aunque sin decirlo tenía tanto miedo como el que más. En todas las carreteras hay surtidores suficientes y esta no va a ser una excepción.
Tú que conduces el coche debías haber tenido cuidado con el combustible –dijo Soledad–
- Eso es verdad, pero he tenido un descuido que terminará solucionándose antes que nos demos cuenta.
Tú lo ves todo muy fácil, pero las consecuencias las sufrimos todos.
= Quieren hacer el favor de callar –dijo el Señor Siscar con voz enérgica-Este coche tiene reserva para más de cincuenta kilómetros y aún no se ha encendido la luz de aviso. Verdad Tomás.
- Así es.
Al final como siempre me la tengo que cargar yo –dijo la tripulante femenina-
En aquellas circunstancias el viaje no resultaba nada agradable, aunque obstamos por callar y pensar, para nuestros adentros, cada uno lo que le parecía.
El conductor le hubiera gustado poder decir que los viajes hay que planificarlos, reservando con antelación los lugares donde pasar las noches, pero hubiera sido una temeridad exponerlo.
La Soledad no pudo evitar lo que pensaba diciendo:
Qué desgraciada soy. Una vez que salgo de viaje se multiplican los contratiempos.
= Dejémoslo ya.
Haber si al final voy a tener yo la culpa –dijo la Soledad-
= La culpa no es de nadie, son las circunstancias y siempre termina arreglándose todo –le contestó el Jefe-
El conductor, que era yo, permanecía callado aunque regañando en su interior, exhaló un grito de alivio.
- ¡Un surtidor de combustible! ¡Estamos salvados! Exclamó -al tiempo que situaba el coche junto a la manguera de gasolina–
= Deposito llene y todo solucionada.
Salí del coche con la ropa de verano que llevaba puesta desde Barcelona y enseguida noté un airecillo bastante molesto, pero mientras esperaba que viniesen a servirnos sentía autentico frío, para terminar dando saltos y frotándome los brazos que dejaban libres las mangas cortas de la camisa.
Lleno el depósito del deseado carburante me volví a acomodar en el asiento del vehículo y transmití al Jefe y la Soledad el frío que hacía fuera, por lo que si salíamos ha hacer las necesidades fisiológicas a los lavabos habría que abrigarse.
Así lo hicimos y una vez de vuelta al coche, con el depósito lleno de combustible se recobró la tranquilidad perdida. Llovía, pero menos y la carretera era bastante mejor. Unos tramos autovía y otros carretera, pero siempre en buen estado.
Fue una lastima no poder contemplar la belleza de las Costas Cántabras al circular de noche por toda ella. Sólo pudimos ver el rótulo de los pueblos. Antón, Mioño, Castro-Urdiales, Laredo…
El frío que había pasado mientras nos suministraban carburante me hizo pensar lo variado del clima en esta España nuestra. La mayor parte del día habíamos llevado conectada la refrigeración y ahora llevamos la calefacción.
Conforme nos acercábamos a Santander nos sentíamos satisfechos por haber superado las adversidades y adelantado en el recorrido, que no era poco.
Divisadas las luces de Santander empezamos ha escudriñar entre las rotulaciones con el deseo de encontrar al menos una que dijera hotel. En apariencia éramos marinos ansiosos de llegar a puerto y encontrar hospedaje. Y al fin, creo que fue Soledad la que dijo:
Un Hotel. Mire señor Siscar. Un Hotel. Y otro más.
- Soledad tiene razón aquella rotulación es de un hotel.
= Pues conduzca dirección a ese hotel que ya nos merecemos un descanso.
Paramos junto al hotel y después de visitar las habitaciones y negociar los precios; aceptando que no hubiera ascensor, el señor dijo:
= Nos quedamos.
- Corrí a transmitir la noticia a Soledad que la recibió muy bien.
La última aventura del día se presentó cuando el dueño del hotel, atendiendo a lo avanzado de la edad del Jefe, propuso que subiéramos por un montacargas. Puedo asegurar que aquel montacargas era tan rudimentario y peligroso que nos hizo pasar una mezcla entre miedo y risa, al vernos en aquel artefacto, parados a media subida y sin ninguna protección lateral, pero con miles apuros pudimos ganar la planta de las habitaciones y una vez acomodados el señor Siscar mostró su deseo de salir a cenar.
Ya había pasado tiempo desde la comida en aquel Restaurante de Zaragoza y con lo comentado de fiasco para Soledad y el señor Ricardo. Y porque la hora no era de las mejores para ir a la caza de un puesto para cenar, consultamos con el dueño del hotel, el cual nos dijo:
Aún pueden pasar por un restaurante que quizá les sirvan algo, aunque sea tan tarde.
Así nos dirigimos a un restaurante que, pueden pensar ustedes en una persona mostrando unos pescados crudos (los únicos que tenía) y que, una vez condimentados no pudimos comer, a pesar de la necesidad que teníamos de ello después de un día tan largo y agitado, porque no nos habían parecido lo suficiente frescos. Así que tomamos los postres y poco más para regresar a las habitaciones donde tomar un descanso que de verdad necesitábamos. Al día siguiente a las diez de la mañana nos reunimos en la recepción como había decidido el Sr. la noche anterior y, mientras yo, ayudado por al mozo del hotel, cargaba el equipaje en el coche, el Jefe pagaba la factura.
La decisión fue acomodarnos en el vehículo para recorrer lo principal de la ciudad y parar en una cafetería para desayunar. Así se hizo visitando las principales avenidas, dando un vistazo a la playa y bordeando el puerto, en cuyas proximidades tomamos un chocolate con churros y alguna cosita más.
Con tranquilidad y sosiego salimos para Gijón e iniciando la marcha por tierras asturianas en un día con lluvia intermitente y vacas pastando sobre verdes praderas, algunas plantaciones de eucaliptos también bellísimos.
Vacas lecheras pastando
La alternancia entre lluvia y sol, mostraba diferentes tonalidades del paisaje que lo hacía más atractivo y romántico. A mí me hubiera gustado dialogar con las personas que cuidan y ordeñan las vacas, hablar con quienes sacan los peces y mariscos del agua, pero el cumplimiento del recorrido del día no lo hacía posible.
Universidad Laboral de Gijón
Al adentrarnos en Gijón el señor Siscar no paraba de pronunciar alabanzas de un desaparecido asturiano que, según decía, había sido su mejor amigo. Nosotros pudimos comprobar la disponibilidad de sus gentes a informarnos y ayudarnos en cuando les preguntamos, y resaltar la buena comida del restaurante el Retiro.
El recorrido hasta Oviedo fue bastante problemático, no sólo por la intensa circulación e intermitente lluvia, sino por las dudas de Soledad que le parecía que no circulábamos por la vía correcta, consiguiendo hacernos dudar también a nosotros. Ya en Oviedo inmersos en un caos circulatorio, a duras penas pudimos conseguir información para dirigirnos a Galicia.
La salida se presentaba complicada por carretera estrecha y con una curva tras otra, circulando en caravana y el protagonismo de la lluvia no auguraba una tarde relajada. El territorio presentaba el verdor de los árboles y algunos prados, pero menos.
El pueblo más próximo según el mapa era Grado, pero pasaba y pasaba el tiempo y no lográbamos divisarlo, aunque fue en ese pueblo donde se desviaron varios camiones que llevábamos delante, lo que nos hizo respirar de alivio, aunque la carretera y la lluvia no permitían excesivas alegrías. Circulábamos con inusitada lentitud por lo que la noche se nos echaba encima y el destino de Lugo se presentaba inalcanzable en una hora razonable.
Mi propuesta fue tomar la comarcar 630 que sobre el mapa parecía más corta, pero el señor me argumentó que si la nacional tenía tantas curvas, la comarcar que salía de La Espina sería aún peor. Sus palabras fueron convincentes por lo que no se habló más del asunto. Yo ponía los cinco sentidos en la conducción y a pesar de ello no lográbamos recuperar el tiempo perdido. La vegetación era espesa, llegando en algunos tramos a cubrir totalmente la carretera.
Prácticamente no hablábamos entre nosotros, como no fuese para quejarnos de algún vehículo que llevábamos delante y que no lográbamos adelantar. La carretera, además de muchas curvas, presentaba constantes subidas y bajadas que también dificultaban nuestro deseo de llegar lo antes posible.
El paisaje que podía ser muy bello y la lluvia fina e intermitente que podía ser romántica, en nuestro caso, no nos producía sentimientos satisfactorios, preocupados como estábamos por llegar al destino de Lugo a una hora razonable.
Yo empecé a darle vueltas a lo difícil que resultaría llegar al destino prefijado, convencido que no había ninguna razón de peso que nos obligara a llegar aquella noche a Lugo. Consecuente con aquella idea, aprovechando una parada para repostar y cumplir con otras necesidades, pregunté sobre la posibilidad de encontrar alojamiento por la zona de la costa.
Encontrarán alojamiento con facilidad en Luarca, Novía y Tapia de Casariego, aunque yo les aconsejo esta última –nos dijo la única persona que había en el surtidor de combustible-
El señor Siscar dio su aprobación a la recomendación de nuestro informador, lo cual serenó nuestro ánimo, ya que ninguno de los tres nos seducía la idea de llegar tan tarde a Lugo.
Sin la preocupación de tener que circular tanto tiempo de noche, nos vimos favorecidos también por una mejora de la climatología al acercarnos a la zona de la costa, por lo que todo fue más fácil bordeando el Cantábrico hasta Tapia de Casariego para pernotar en el Hostal la Ruta que, aunque figuraba con una estrella y llevaba el nombre de
Hostal que el Jefe detesta, las habitaciones eran amplias con su baño correspondiente y al precio de 2.000 pesetas. Eso sí, no había ascensor ni persona que nos subiera los equipajes, pero después de un segundo día complicado, a mí particularmente cualquier cosa me hubiera parecido bien.
Hostal que el Jefe detesta, las habitaciones eran amplias con su baño correspondiente y al precio de 2.000 pesetas. Eso sí, no había ascensor ni persona que nos subiera los equipajes, pero después de un segundo día complicado, a mí particularmente cualquier cosa me hubiera parecido bien.
Tomamos algo de cena en el mismo establecimiento y compartimos un poco de TV con los responsables y trabajadores del Hostal-Restaurante en un ambiente agradable y familiar hasta la hora de subir a las habitaciones para disfrutar de un necesario descanso, pero no había pasado mucho tiempo cuando picaban en la puerta de mi habitación lo que me obligó salir de la cama y de una manera imprudente abrir la puerta sin preguntar siquiera quien había llamado. Cual fue la sorpresa encontrar a Soledad que me decía:
Tengo miedo. En mi habitación hay bichos -al tiempo que me pidió la dejara pasar-
Hablamos tratando yo de que se tranquilizara, al tiempo que le proponía:
-.Te acompañaré a tu habitación haber que hacemos con esos bichos.
Te lo agradeceré mucho –contestó ella-
La acompañé a su habitación y, tras mirar por todos los rincones. Incluso levanté el colchón con resultado negativo. Allí no se veían bichos ni nada que se les pareciera, por lo que volví a mi habitación donde dormí tranquilo sin ningún contratiempo más.
Puerto de Tapia de Casariego
Al día siguiente desayunamos donde habíamos tomado la cena y, mientras lo hacíamos, conversamos con el dueño del establecimiento quien nos informó que en Lugo había muy pocas cosas interesantes que ver como no fueran “Las Murallas”.
Esta afirmación hizo que el Jefe decidiera borrarlo de nuestra ruta para dirigirnos directamente a La Coruña.
Esta noticia junto al día soleado que se veía por las ventanas, nos puso bastante contentos al pensar que el recorrido hasta La Coruña era corto y tendríamos tiempo para pasear por aquella ciudad y descansar.
Con buen ánimo iniciamos la marcha por la nacional 634 y pronto pudimos ver La Ría de Ribadeu. La carretera era muy buena y la temperatura excelente en un día claro de sol. Veíamos algunos cultivos de maíz y pequeñas plantaciones de coles.
Soledad nos llamaba la atención para que mirásemos unos toros, (esta vez no eran toros publicitarios) que resultaron ser vacas dedicadas a la cría de terneros, arar las tierras y arrastrar los carros. Avanzábamos más a prisa de lo que habíamos pensado y nuestro buen estado de ánimo se reflejaba en la conversación y las canciones que, tanto yo como Soledad, nos atrevíamos a cantar y que el Jefe aceptaba de buen grado.
A las 12 de la mañana ya estábamos en La Coruña y nos alojamos en el Hotel España, muy céntrico, donde nos recomendaron para comer el Restaurante Juana de Vega, donde degustamos unos suculentos platos de pescados y mariscos que dejaron en muy buen lugar a nuestro informador. Paseamos después por la parte céntrica de la ciudad contemplando sus jardines y visitando el puerto, donde soplaba un airecillo frío para la indumentaria que nosotros llevábamos. Por la tarde visitamos la Playa de Riazor, viendo por su exterior el estadio donde el Deportivo hacía disfrutar a sus incondicionales. Ahí es nada. Su equipo era líder de la liga española de fútbol.
Playa - Estadio de Riazor en A Coruña
Al día siguiente nos levantamos a la hora de costumbre o sea a las diez, Almorzamos en una bodega donde nos sirvieron buen jamón y el mejor pan que se puede comer. Nos dirigirnos después a Santiago y antes de darnos cuenta ya estábamos buscando la Catedral del famoso Botafumeiro, la que contemplamos detenidamente tanto por el exterior como el interior de aquella gran obra arquitectónica que es la Catedral de Santiago.
Catedral de Santiago de Compostela
Pensando en llegar a Pontevedra para dormir, salimos por la costa dirección a Noya, continuando el viaje en una atmósfera excelente, tanto a nivel humano como a nivel climatológico. Llegado a La Ría Muros de Noya era la hora propicia para reponer energías con una buena comida (que hicimos en“Casa Santolo”) que se componía de un caldo gallego, unas veiras con salsa y una plata de cigalas tan abundantes que nos fue imposible terminar, tarta de Santiago y vino dulce.
Estábamos de buen humor hasta el punto que al salir nos fijamos en la vitrina de exposición de pescados y mariscos y yo les dije:
- ¡Aún quedan buenos besugos!
A mí me podrás hablar de muchas cosas, pero de pescado eso si que no por lo que has de saber que esos no son besugos –replicó Soledad-
Ante la discrepancia llegamos a preguntar a la joven que nos había servido la comida, la cual me dio la razón a mí que recordaba los besugos al horno que hacía mi esposa cuando este pescado no era tan escaso y caro.
Al reanudar la marcha cometimos la osadía de no pedir información ni siquiera mirar el mapa, lo que nos obligó a desandar 11 kms. realizados de forma incorrecta. En este caso la viajera femenina se apuntó un tanto al dar la alarma sobre nuestro error. Una vez subsanada nuestra equivocación seguimos bordeando la costa por Puerto del Son hasta Villagarcía de Arosa, donde paramos para proveernos de agua y algo más.
Villa García de Aurosa
Preguntado al dueño del bar sobre la pesca en La Ría, extendiéndose en más explicaciones de las que nosotros hubiésemos deseado. Así supimos que para las nueve de la tarde el agua se retira, lo que facilitaba el marisqueo.
El recorrido por el interior dirección a Pontevedra nos permitió ver como las uvas colgaban de los parrales y algunas vacas tirando de los carros.
A mí me sorprendía que el señor Siscar asumiera tan poco protagonismo en la conversación, por estar acostumbrado a hablar con él en nuestros paseos diarios por Barcelona. Parecía como si con Soledad quisiera mantener la diferencia de papeles salvo en lo referente a la comida, ya que en casa el señor comía en el comedor y ella lo hacía en la cocina.
Llegados a Pontevedra pude apreciar otra habilidad del Sr. Ricardo, al preguntar por un hotel que se había inaugurado hacía poco. La información solicitada nos llevó hasta el Hotel Púas de reciente construcción, donde nos hospedamos en habitaciones dobles a un precio muy bajo por la insistencia del Jefe en la consecución de descuentos. Y al preguntarle yo, como sabía que aquel hotel se había inaugurado hacía poco, me aclaró que era una estrategia para ir a parar en un hotel nuevo que, se suponía mejor equipado que los antiguos.
Desde allí hice la segunda llamada a casa y salimos a realizar un paseo nocturno, confirmándose que se trataba de una ciudad poco turística: El hotel estaba vacío y las calles también. Finalmente entramos en una tasca que no agradó al señor y menos a Soledad. Yo pedí pescadito frito y me pusieron jureles pequeños que eran puras espinas.
Al día siguiente lloviendo, como suele pasar en aquellas tierras, y haciendo uso de un folleto publicitario que nos orientó hasta el “Bodegón La Mina”. Que resultó ser un sótano agradable y con un jamón excelente, por no citar el pan que era de lo mejor.
Como el vehículo había quedado estacionado en doble fila, salí a dar un vistazo y ponerle un aviso de donde estábamos, mientras un grupo de señoras conversaban a la salida, las que al verme con poca decisión para afrontar la mojadura de la lluvia me decían bromeando:
“Le cambiamos el paraguas por el coche”
Muchísimas gracias –le contesté- El paraguas lo necesito, pero el coche lo necesito más. Ciertamente aquellas señoras estaban de buen humor a pesar de la lluvia a la que por Galicia están habituados.
Reconfortados por un buen desayuno salimos dirección a Vigo y una vez allí hicimos un recorrido por las calles más importantes para dirigirnos después a Portugal por el paso fronterizo de Tui.
Pasando tantas horas en el interior del coche, por fuerza, había de llegar la confianza que propiciaba una conversación más fluida. Y hasta el Jefe se iba soltando para contarnos cosas de sus viajes anteriores y al hablar de Portugal recordaba unas carreteras bastante estrechas con adoquines. Este último comentario alimentaba nuestro pesimismo dentro del pequeño habitáculo.
Pasada la aduana de Tui y el puente sobre el río Miño con lentitud para empezar los indeseados adoquines que, por fortuna, duraron poco y la situación la soportábamos bastante bien pasando de largo la hora de comer y parando solamente para repostar, aprovisionarnos de agua y algún refresco.
Para preocupación nuestra empezamos a sentir un ruido mayor de lo acostumbrado, lo que indicaba que el tubo de escape acababa de agujerearse, contratiempo que además del molesto ruido obligaría a buscar donde sustituirlo. Costaba demasiado adelantar los grandes camiones y mientras circulábamos detrás de uno de ellos, Soledad mostraba su malestar recriminándome no hacer lo suficiente para adelantarlo sin aceptar mis razones y excusas, lo que provocó una discusión entre ambos que hubo de solventar el Jefe con reprimenda para ambos.
Estábamos en una de esas horas que ya no hacía ni a comer ni esperar a la cena, pero que se hacen más molestas que agradables.
Y al entrar en Porto siguiendo las indicaciones de centro ciudad, llegamos a la plaza de La República, donde paramos para solicitar información, al tiempo que se nos acercó un jovencito ofreciéndonos ayuda para localizar hotel donde hospedarnos.
Después de un día metidos en coche con la lluvia por compañera, con el escape haciendo un estruendoso ruido y con los nutrientes tomados en aquella bodega de Pontevedra desgastados, no éramos muy propicios a despreciar la ayuda de aquel chavalillo que, aunque podía suponer un riesgo acomodarlo en el coche, nos ofrecía llevarnos a un buen hotel.
Sin pensarlo siquiera el Jefe tomó la decisión que nos acompañara aquel mozalbete, el que nos guió un hotel tras otro, hasta conseguir el visto bueno del señor Siscar en el Hotel Menfis.
Acomodados en las habitaciones, con la tranquilidad de haber dejado atrás otro día más bien desagradable (por mi parte habría perdonado la cena con tal de no volver a salir a la calle), pero el señor, tras informarse por los servicios del hotel, ordenó dirigirnos hasta el establecimiento “Cunka”. Lo que nos obligó a sacar el coche y meternos en un fenomenal atasco de circulación, viendo como a nuestro lado derecho estaba el carril bus totalmente libre. Allí aguantamos unos minutos hasta que el señor Siscar me dijo:
Oír y reaccionar por mi parte todo fue una, sin reparar lo que pudieran pensar aquellos disciplinados automovilistas que aguantaban el atasco, mientras nosotros pasábamos por el carril Bus con el estruendoso ruido del escape roto.
Después de todo mereció la pena el empeño del Jefe, ya que la cena fue muy agradable, reconfortante y servida con esmerada presentación.
Al día siguiente nos levantamos con la preocupación de la rotura del escape y aunque los recepcionistas del hotel nos facilitaron la dirección del único establecimiento donde podían repararnos la avería tratándose de sábado, llegar hasta él nos resultó tremendamente difícil.
En la recepción del hotel nos hicieron una especie de planillo en una hoja de papel, por la que nos fuimos guiando hasta llegar hasta un punto de referencia con el nombre de “Palacio de Cristal” que nunca llegamos a encontrar.
Las preguntas a un guardia no nos aportaron mucho, por la dificultad de entendernos en idioma distinto: Nosotros le preguntábamos en castellano y él nos contestaba en portugués. Así que seguimos, sin hallar el Palacio de Cristal y sin saber para donde ir. Unos jubilados que tomaban el sol nos informaban de la presencia de un guardia que nos hizo esperar diciendo:
Esperen aquí que voy a por la carta, para regresar con un pequeño libreto en el que nos enseñaba:
La Rua Jorge Viteiro Ferreira, (que era la que buscábamos) comienza en Rua tal y termina en Rua Cual.
Comprendiendo nuestra dificultad de comprensión se ofreció a subir al coche y acompañarnos, no sin antes enseñarnos el documento que le acreditaba como funcionario. Así se hizo, pero no fue suficiente porque la calle por donde habíamos de pasar estaba cortada por obras, lo que nos obligó a un recorrido alternativo, teniendo que salir incluso a una autopista y regresar de nuevo. Total que cuando el guardia acompañante lo creyó oportuno bajó del coche indicándonos el camino a seguir, pero mi torpeza fue tal que no podíamos localizar el referido taller. Volvimos a preguntar y nos dijeron que habíamos de volver atrás, pero la carretera era de una sola dirección, por lo que teníamos que seguir obligatoriamente. Parados en una “bomba” (así llaman en Portugal a un surtidor de gasolina), preguntamos a un dependiente que quiso hacerlo mejor pidiendo la colaboración de su jefe, el cual le contestó en palabras que nosotros no entendíamos, pero si sus gestos que eran poco amables. Así que hubimos de seguir con la convicción que nos estábamos alejando y con el reloj sin parar de avanzar. Eran cerca de las doce y los de Inter-Escape, (que así se llamaba el taller) cerraban a las 12,30, por lo que volví a preguntar en una peluquería, donde me dijeron:
Siga hacia abajo y gire a la izquierda bordeando el río hasta llegar a unos jardines donde debe torcer otra vez a la izquierda.
Seguimos por donde nos indicaron hasta divisar un aparcamientos te tranvías (en Oporto todavía funcionan los tranvías que les llaman el tren) donde no sacamos mejor información, porque no supieron o quisieron hacerlo.
En ese momento me derrumbé diciendo:
- Señor Siscar creo que no lo encontraremos. Vamos a marcharnos con el escape libre. Esto hace ruido, pero no perjudica al coche.
En ese momento el Jefe salió del coche y tomo la palabra para decir:
= Tenemos que encontrarlo.
Ya sabía yo que el señor Siscar no se rendiría, por lo que no le contesté nada y me dirigí a un establecimiento de reparación de neumáticos que teníamos a la vista, preguntando y rogando a cuantos allí había:
- Necesito que nos arreglen el tubo de escape del coche. Nos han dicho que nos lo harían en la Rua Jorge Viteiro Ferreira, pero llevamos toda la mañana buscándola y no la encontramos. -Inter-Escape dijeron que se llama-
Han de volver atrás y cuando llegue a una plazoleta suba por una calle muy pendiente –dijeron-
Yo ya no tenía confianza en encontrarlo y el tiempo se acababa. Así que les dije:
- ¿Quiere acompañarnos y nosotros le pagaremos lo que sea?
Se ofreció un hombre desgarbado y enseguida estaba con nosotros dentro del coche y fue tan efectivo que en menos de diez minutos estábamos dentro de Inter-Escape, donde se veían tubos de escapes por todas partes.
Respiramos de alivio al comprobar que inmediatamente se ponían a mirar el coche y buscar entre aquella cantidad de escapes uno que pudiera adaptarse a nuestro coche.
Parecía imposible, pero entre tantos tubos no había ninguno que fuera bien al BMV.
No se puede cambiar –nos dijeron- pero se podría soldar para que lleguen a España.
= Háganlo -le respondió el jefe-
Inmediatamente comenzaron a soldar, mientras nosotros mirábamos atentamente como chisporroteaba aquello.
El encargado nos recomendó que no mirásemos, porque mirar sin gafas de protección era muy peligroso para la vista.
Pronto salíamos con el escape reparado, por el precio de 1.000 escudos, dirección Lisboa por una autopista cuyo asfalto me parecía peligroso. La velocidad, junto con la lluvia obligaba a la máxima concentración y, con todo, si se hubiera tenido que efectuar una frenada fuerte el accidente habría sido irremediable. Mis temores se veían confirmados al contemplar un accidente en el que bastantes coches se habían visto involucrados y, a pesar de ello, seguíamos circulando a velocidad excesiva para las circunstancia adversas de lluvia intermitente y asfalto muy liso.
la conversación era inexistente hasta que empezamos a hacer cábalas sobre donde podríamos comer. No había unanimidad sobre lo que debíamos hacer y yo les dije:
- Las áreas de servicio disponen de restaurante y se anuncia una de ellas a 30 kms.
= En las áreas de servicio de las autopistas sirven unas comidas muy americanizadas, por lo que preferiría que saliéramos a algún pueblo donde comeríamos mejor.
Soledad empezó a escudriñar en un mapa, comprobando que había una salida bastante cerca, por lo que dijo:
Hay un pueblo llamado Aveiro cerca de la próxima salida.
= De acuerdo. Salgamos para ese pueblo.
Comimos en el restaurante “A Hlho Porro” junto a la Ría de Aveiro, donde nos sirvieron una especie de caldereta de mariscos con judías, de las que el señor Ricardo y yo comimos bastante, mientras a Soledad no le terminó de convencer.
De regreso a la Autopista un vehículo se nos presentó frente a nosotros, en una curva por su izquierda, esquivando el choque frontal por pura casualidad. Ante el incidente el Jefe nos dijo:
= En un anterior viaje a tierras portuguesas me comentó un taxista que a los portugueses se les subía la gasolina a la cabeza y parece que tenía algo de cierto a juzgar por lo ocurrido en esa curva.
Una vez en la autopista y antes de llegar a Lisboa pudimos ver dos vehículos que se habían salido de la calzada y otro más con abolladuras por accidente.
El jefe recordaba cosas del viaje anterior realizado con su esposa, que en paz descanse, y sobre todo la visita al Santuario de Lourdes. Y al divisar Lisboa (donde, según comentó el jefe, habíamos de pasar dos días) todo fueron dificultades, empezando por una prohibición que impedía seguir la dirección centro, habiendo de realizarse un desvío considerable, hasta llegar a una Avenida que, de alguna manera, recordaba Las Ramblas de Barcelona, pero peor, porque por desgracia fuimos a parar en un ambiente de marginación y prostitución del todo desaconsejable para nosotros. Entramos en unos lavabos malolientes y decidimos volver al coche y subir a la parte que habíamos dejado atrás. Durante la subida dirigíamos las miradas a cualquier edificio o anuncio que nos pudiera indicar algún hotel donde instalarnos. Fui yo el que dio la voz:
- Hotel Lisboa.
= Pare enseguida para preguntar.
Le pedí a Soledad que acompañara al señor a la revisión y negociación de las habitaciones, la cual me dijo que prefería quedarse en el coche, (no soportaba cuando el señor Ricardo negociaba descuentos sobre los precios establecidos) teniendo que acompañarle yo, para oír:
¡En Lisboa no hay habitaciones libres!
- ¿Cómo dice?
Que no hay habitaciones libres, como no sea alguna suite del Hotel Riz.
= ¿Y eso porque?
Porque se celebra el gran premio de formula uno en el circuito de Estoril.
- ¿Y que nos recomendaría usted?
- ¿Cuanto cuesta una habitación en este hotel?
32.000 escudos, pero ya les he dicho que está todo ocupado.
Salimos decepcionados, como pueden ustedes pensar.
- ¿Qué hacemos ahora?
= Tenemos que marchar a España.
Encajado el nuevo contratiempo, salimos de Lisboa a través de un famoso puente sobre el río Tajo, (del que se ha de pagar un peaje para cruzarlo) para dirigirnos a Badajoz, haciendo parada en
Puente sobre el Río Tajo en Lisboa
Setúbal para recabar información y continuar adelante, pero al ir haciendo km sin ver indicador alguno de nuestro destino, comenzaron las dudas y los temores. Quizá habríamos equivocado algún cruce –pensábamos-
Deberíamos preguntar –dijo Soledad-
-.Si, pero ¿a quien? Es de noche y por la carretera no vemos a nadie.
¿Y si vamos equivocados?
= Quieren hacer el favor de callar –pidió el señor Siscar con voz enérgica- Parecen chiquillos con tantas discusiones y tantos miedos. Cuando veamos un hostal de carretera bajaremos del coche y preguntaremos y mientras tantos a circular y callar.
Cualquiera replicaba al Jefe en aquellos términos. Así que seguimos circulando hasta que divisamos un hostal donde nos confirmaron que circulábamos en la dirección correcta, pero yo sentí más ganas de quedarme a dormir que de continuar.
- ¿Tienen habitaciones libres?-pregunté-
Las que quiera –contestó el camarero del bar-
Volví al coche y se lo comenté a los compañeros de viaje, encontrando en la propuesta división de opiniones. Soledad decía;
Debemos quedarnos. Llevamos todo el día metidos en el coche y estamos cansados.
= Bueno, lo miraremos, pero a mi no me convence la idea.
Salieron ambos del coche y nos acercamos al hostal y preguntó el Jefe:
= ¿Se pueden ver las habitaciones?
Claro que si. Ahora les acompaño –respondió el camarero-
Subimos a la segunda planta por unas escaleras bastante empinadas con esfuerzo del señor después de casi todo el día sentado en el asiento del coche y tras comprobar que se había de compartir baño, volvimos a bajar y el señor Siscar le dijo:
= Si decidimos quedarnos ya le diremos algo.
Salimos a la calle y el Señor bastante disgustado nos dijo:
= Yo ahí no me quedo. Si Tomás está tan cansado que no puede continuar que se quede, pero yo dormiré en el coche.
- No es para tanto el cansancio. Seguimos hasta don haga falta.
Como la carretera era buena y no había circulación podíamos utilizar las luces largas, lo que hacía la conducción más cómoda y segura. Así, a las dos de la madrugada llegábamos al Hotel Zurbarán de Badajoz en cuyas habitaciones permanecimos nueve horas.
Al día siguiente, domingo después de las once, salimos a dar una vuelta por el centro de la ciudad que la encontramos desierta hasta tal punto que no encontrábamos un establecimiento donde almorzar.
Imagen de Badajoz
Las calles estaban adornadas con banderas, mayoritariamente españolas y algunas de extremeñas. Se debía, según nos dijeron, a la visita del Rey que esperaban aquel día.
Almorzamos al fin del jamón de aquellas tierras y un poco después con la visita a la Catedral, comprar el periódico y poco más, agotamos el tiempo de que disponíamos antes de salir dirección Madrid.
El recorrido comenzó con paisajes distintos, pudiendo contemplar las encinas que producen las bellotas que comen los cerdos Ibéricos de los que sale el buen jamón. Volvimos a pasar sobre el río Guadiana por Mérida y seguimos viendo un paisaje poco productivo por la provincia de Cáceres; Cruzamos otra vez el río Tajo siguiendo hasta Navalmoral de la Mata donde paramos a comer en el Restaurante Moya que estaba llenísimo de personas de Madrid, a juzgar por la M. de la matrícula de los coches que había en el aparcamiento.
Comimos la buena carne de cabrito que se cría en aquellas tierras y seguimos dirección Madrid por la misma N. 5 que está desdoblada en su mayoría. Y conforme nos adentrábamos en la provincia de Toledo veíamos un terreno que denotaba que la lluvia brillaba por su ausencia y, no lo digo comparativamente hablando con Portugal, Galicia y Asturias, sino porque el territorio y su poca vegetación así lo indicaba.
Teníamos una preocupación que se iba convirtiendo en temor: Las consecuencias circulatorias de una tarde de domingo dirección a Madrid, por lo cual tratábamos de adelantar a cuantos coches nos fuera posible, por lo que afirmaba el Jefe:
= Todos los vehículos que dejemos atrás no los tendremos delante cuando llegue la retención de entrada a Madrid.
Circulábamos por el carril izquierdo de la calzada a unos ciento setenta kms hora, rebasando constantemente en velocidad a los vehículos que en línea circulaban por la derecha, lo que me obligaba a la máxima concentración posible, aunque sabiendo que aquello era peligroso, no sólo porque el exceso de velocidad nos podía acarrear alguna multa, sino porque circulando constantemente por el carril de la izquierda a mayor velocidad que los que adelantábamos, si alguno de aquellos hubiera ocupado el carril por el que nosotros circulábamos, con la intención de adelantar a otros, la colisión sería mortal de necesidad. Pero el jefe decía:
= Déle al coche. No se nos duerma.
Como ya se ha dicho, aquella carretera estaba en periodo de desdoblamiento y por consiguiente había algunos tramos que aún eran de dos direcciones lo que obligaba a circular a la misma velocidad que el vehículo que teníamos delante, hecho que hacía lenta la circulación, pero a mi me rebajaba la tensión, aunque a los acompañantes les ponía más nerviosos. Lo cierto fue que a cuarenta kms de Madrid ya nos encontrábamos parados por la retención, lo que equivalía a que llegaríamos de noche a la capital, con el consiguiente problema de buscar alojamiento.
Iniciada por fin, la entrada a Madrid y después de dos paradas para preguntar, nos alojamos en un hotel de la misma Gran Vía.
Con la tranquilidad de haber llegado, tener el coche metido en garaje y haber conseguido habitaciones con facilidad, salimos a dar una vuelta con la pretensión de ir al teatro o cine, como nos había prometido el Jefe durante el recorrido del día. Pero en el primer cine que encontramos había mucha cola para conseguir las entradas y en el siguiente solamente quedaban entradas para las primeras filas que también nos hizo desistir.
Seguimos paseando, sorprendidos por la cantidad de personas que había, tanto en las calles como en los bares y restaurantes, a pesar de ser domingo a las once de la noche.
Aunque habíamos tenido la prevención de ponernos ropa de abrigo, sentíamos cierto frío, lo que nos decidió cambiar el paseo y la contemplación de lo edificios iluminados por el interior de un establecimiento donde cenar. Así conocimos el “Museo del Jamón”.
Algo sensacional por lo grandioso y porque había más jamones que habíamos visto nunca. Cenamos bien y aunque no conseguimos que le untaran tomate al pan, como es costumbre en Cataluña, al menos nos sirvieron dos tomates enteros diciéndonos:
Museo del Jamón el la Gran Vía de Madrid
Algo sensacional por lo grandioso y porque había más jamones que habíamos visto nunca. Cenamos bien y aunque no conseguimos que le untaran tomate al pan, como es costumbre en Cataluña, al menos nos sirvieron dos tomates enteros diciéndonos:
Seguíamos sorprendidos al vernos rodeados por personas que comían y bebían de una forma festiva y desenfadada, a pesar de ser ya las doce de la noche tocadas de un domingo -como ya hemos dicho-
Personas en las noches de Madrid
Al día siguiente nos levantamos muy descansados comentando lo bien que habíamos dormido, aunque en opinión del señor Siscar un poco caro (11,000 pesetas por cada habitación y sin ningún descuento)
Una vez en la calle volvimos a notar las diferencias entre Madrid y Barcelona, ya que eran casi las once y aquel Madrid no se parecía en nada al que habíamos visto la noche anterior. Por la calle Preciados, donde nos encontrábamos había pocas personas y los empleados se iban incorporando a sus puestos poco a poco. Parecía ser que en aquel Madrid, al menos por el centro, la dinámica de trabajo comenzaba más tarde que en Barcelona, lo que les permitiría dedicar más horas de noche al ocio.
Nosotros desayunamos para después pasear por las calles cercanas: Alcalá, Paseo del Prado, Plaza del Sol…Nos maravillaba la arquitectura que más que edificios son obras de arte. Conforme avanzaba el día el sol hizo desaparecer de nosotros aquella sensación de frío y empezamos a sentir, sobre todo el Jefe, el cansancio de tanto andar -por lo que nos dijo-
Las Cibeles de Madrid
= Volvamos al hotel y que Tomás se desplace a por el coche, para continuar viendo Madrid desde los asientos del mismo, lo que nos permitirá ver otras avenidas y calles para llevarnos una idea más amplia del Madrid que visitamos.
Una vez recorridas las calles más importantes sumergidos en una circulación intensa, decidimos salir por la nacional tres dirección Valencia, deteniéndonos para comer en el restaurante “San Isidro” de Tarancón. Que a pesar de ser bastante tarde estaba llenísimo y los camareros no podían atender a tanto público. ¡Aquello era lo nunca visto! La mesa en la que habíamos de comer estaba sin recoger después de haberla utilizado otros comensales, incluso había unas cuatrocientas pesetas en el platillo. En la mesa contigua estaban los billetes que habían dejado los clientes para el pago, señal evidente de lo ocupado de los camareros.
Con paciencia y tiempo terminaron sirviéndonos el buen cabrito y otras especialidades de la tierra y al salir del restaurante pudimos ver los tractores con sus remolques cargados de uvas que indicaban que era época de vendimia.
Reanudamos la marcha por buena carretera (casi todo autovía) con grandes rectas, lo que permitía circular a la velocidad máxima que solíamos llevar y que al Jefe le agradaba tanto. A ambos lados veíamos viñedos, destacando el contraste de color entre las uvas negras y el verdor de los pámpanos de las parras, aunque la Soledad repetía que no veía las uvas (después explicaría que miraba a la parte superior de las vides cuando las uvas estaban debajo). Lo que me recuerda el cuento del que buscaba bajo la luz de una farola la llave que había perdido en otro sitio. Y a la pregunta de: ¿por qué buscaba allí lo que había perdido en otra parte? contestaba:
Algo parecido nos sucede a veces, que no conseguimos lo que necesitamos porque buscamos en el lugar inadecuado.
Pasamos sobre el río Júcar por Alarcón, divisando la presa del pantano, donde la carretera ya tenía algunas curvas y dejaba de ser autovía, lo que obligaba a circular más despacio.
Pantano de Alarcón
También pasamos sobre el río Gabriel, viendo el pantano “Collado de la Venta”, siguiendo por Uriel y Requena por carretera complicada, donde adelantar los camiones era más difícil de lo que a nosotros nos hubiera gustado, Hasta que al acercarnos a Valencia volvimos a encontrar autovía y el paisaje lo iban configurando otros cultivos y arbolados, destacando los naranjos como es sabido.
Campo de Naranjos
En Valencia nos dirigimos al centro lo que nos llevó a la mismísima plaza del Ayuntamiento. Y allí la historia volvía a repetirse. ¿Qué sucedió? pues algo que ya nos había pasado en Logroño, Bilbao y Lisboa. ¿Lo recuerdan? Que no había ni una sola habitación libre en Valencia porque se estaba celebrando la Feria del Mueble.
Acostumbrados a los contratiempos, aquello no representaba contrariedad alguna, más bien era una anécdota que agregar, puesto que Castellón estaba a unos sesenta kms. donde encontraríamos habitaciones sin dificultad. Así que después de buscar y no encontrar volvimos al coche, donde Soledad esperaba y al saber el resultado de nuestras gestiones exclamó:
“Si fuéramos a por agua a la mar, no la encontraríamos”
= Pero en Castellón encontraremos habitaciones.
No lo tendría yo tan seguro –puso en duda ella-
En aquellos momentos llegaba a la puerta del Ayuntamiento una manifestación que, con ruido de cacerolas y gritos, reclamaban mayor vigilancia y represión sobre los vendedores de drogas. El Jefe tomo la palabra para decirnos:
= Ya va siendo hora de que se haga algo para evitar tantos drogadictos por todas partes, metiendo a los traficantes en la cárcel de por vida y ayudando a los que están metidos en el consumo a salir de él.
- Dicho de esa manera parece muy fácil, pero debe ser más complicado cuando no se hace.
¿Qué sabemos nosotros de drogas? -dijo Soledad-
= Sabemos que las drogas son un negocio para quienes trafican con ellas sin importarle en absoluto a quien perjudican.
Parece mentira que haya gente tan mala –exclamo Soledad-
= Si de verdad quisieran acabar con esto lo harían, pero no se ponen los medios suficientes para atajar el problema.
- Y también va siendo hora de que los posibles consumidores jóvenes, con la información que se está dando del tema, se den cuenta de lo que se les viene encima si aceptan ir probando cuantos estupefacientes les ofrecen.
En Castellón nos hospedamos en el Hotel Mindoro, con la extrañeza de ver abundantes avisos de que fumar en la cama representa peligro de incendios. ¿Será posible que haya personas aún, que no lo sepan?
Al día siguiente hicimos el recorrido en coche que repetíamos en cada ciudad por donde pasábamos, pero allí se convirtió en una pesadilla, porque el señor Siscar insistía en localizar un paseo donde él había estado anteriormente con su esposa. Aunque por mí, habríamos dejado de buscar aquel misterioso paseo, pero sabido es que el Jefe insiste hasta conseguir su objetivo y esta vez no iba a ser la excepción. Así que, como no podía ser de otra manera, terminamos caminando por el recordado paseo del señor Ricardo, hasta que su cansancio decidió que nos habíamos de sentar a recuperar fuerzas. Lo hicimos en una terraza donde las personas vestidas con ropa de verano consumían refrescos en abundancia y nosotros tomamos algo tan de época de calor como una horchata de Chufa.
Estuvimos bastante tiempo en aquella cómoda y agradable terraza, pero sin ninguna conversación que merezca ser anotada. Soledad estiraba las piernas y se arremangaba la falda cuanto la decencia le permitía para que se las acariciara el sol de finales de septiembre y, tanto yo como el señor Ricardo permanecimos sentados hasta que nos desplazamos al puerto para comer en el Restaurante“Casa Falomir” que el Jefe ya conocía. En aquel restaurante tenían un sistema especial: al precio fijo de 4.000 pesetas servían: mariscos abundantes, pescado, berenjenas rellenas, arroz a la banda y fruta variada. Nosotros no lo pudimos acabar.
Puerto de Castellón
Terminada la comida salimos para Barcelona a la que llegamos a las ocho de la tarde. Esto era el 29-09-1.992.
Cómo resumen del viaje puede decirse que habíamos recorrido 3.900 kms. en nueve días, habiendo visto ciudades y paisajes diversos con climas diferentes y hasta contrapuestos. Disfrutado y soportado días lluviosos y soleados, contemplado las aguas del Mediterráneo, Cantábrico y Atlántico. Visto catedrales y edificios monumentales y artísticos, y pasado sobre las aguas de los ríos: Ebro, Miño, Tajo, Guadiana y Júcar. No podemos olvidar las vacas pastando por los prados de Asturias y las plantaciones de eucaliptos en la misma comunidad y Galicia.
Recordaremos siempre los viñedos de Logroño y La Mancha y los parrales en Galicia y Portugal.
Hemos comido pescados y mariscos en la Comunidad Gallega, degustado el jamón Ibérico en Extremadura, saboreado el cabrito en Castilla y cómo olvidarse de las diferentes formas de hacer el pan. Parece increíble que, utilizando como materias principales el trigo, (aunque haya diferentes variedades del mismo) el agua y el fuego, se consigan resultados tan distintos.
Hemos vivido aventuras, acometido riesgos que por fortuna terminaron bien, pero que no es aconsejable repetir.




















