PERDICIÓN
POR ANVICIÓN
(Adaptación libre, por Tomás Martín Cifuentes, de un cuento muy antiguo).
En un pueblo de La Alpujarra vivían dos hermanos con sus esposas e hijos y, aunque uno de ellos era pobre y el otro muy rico, ambos eran medianamente felices y mantenían cierta convivencia, a pesar del escollo que representaba la diferencia de bienes materiales entre una familia y otra.
En un pueblo de La Alpujarra vivían dos hermanos con sus esposas e hijos y, aunque uno de ellos era pobre y el otro muy rico, ambos eran medianamente felices y mantenían cierta convivencia, a pesar del escollo que representaba la diferencia de bienes materiales entre una familia y otra.
Un día el hermano pobre, llamado José al que todos llamaban
Pepe, se marchó muy temprano al monte para traer leña, pero al ver que cada día
le costaba más tiempo reunir la cantidad necesaria para cargar el borrico,
decidió alejarse monte adentro buscando
mejores árboles en los que cortar. Sucedió que estando en plena faena
oyó unos ruidos que le llamaron la atención y por un impulso incontrolado dejó
de golpear con el hacha y quedó en el silencio más absoluto. Agudizando la
vista y el oído se percató que se trataba de varias personas que conversaban
entre ellas mientras caminaban. La curiosidad y temor le hicieron agacharse
para observar cuanto le fuera posible de aquellas personas que resultaron ser hombres
que caminaban por el bosque, pero cual fue su sorpresa al verlos pararse todos
junto a una roca y pronunciar las palabras: “ábrase la puerta de la cueva siniestra” y no sólo eso, sino
que la puerta se abrió y uno tras otro se adentraron por la cueva en total doce
hombres que pudo contar uno a uno.
El leñador quedó pensativo y dándole vueltas empezó a
relacionar aquellos hombres con la leyenda de los ladrones que abrían la puerta
de una cueva con las palabras mágicas “Ábrete sésamo”. Estos son doce hombres y
algunos iban armados.
Lo mejor será marcharme con el borrico para casa antes de que
salgan. ¿Pero sin leña? ¿Qué les diré cuando llegue? Tengo que quedarme, pero ¿Qué
hago ahora? Cortar leña no puedo porque si me oyen puedo correr peligro y
marcharme sin leña tampoco es buena cosa. Lo mejor será esperar aquí escondido
hasta ver si vuelven a salir.
Así lo hizo y tras esperar un buen rato volvió a divisar a
los mismos hombres que salían de la cueva comentando entre ellos que sería
mejor quedarse alguno para vigilar, respondiendo el que parecía ser el jefe,
que no era necesario pues por este lugar nunca venían otras personas que
no fueran ellos y, además no conocerían
las palabras que utilizamos para abrir la puerta. Al tiempo que marchaban, el
señor Pepe los fue contando hasta el último que hacía el número doce. Pasado un
tiempo sin saber que hacer se le ocurrió acercarse a la puerta de la cueva pensando
para sí que habría dentro.
Como me gustaría
saberlo- dijo-
El hombre recordó que
no había quedado ninguno para vigilar, por lo que decidió pronunciar las
palabras que había oído a ellos.
Allá voy. Haber que
pasa y, a continuación dijo: “Ábrase la puerta de la cueva siniestra”
La puerta se abrió y, por el hueco se adentró
caminando muy despacio, ya que el
miedo le agarrotaba las piernas y casi no le permitía andar. Mirando una
tras otra las galerías pudo comprobar
que, en una de ellas, había muchos
tesoros y gran cantidad de monedas de
oro que le dejó perplejo. En este instante se le vino la idea de acabar con su
pobreza llevándose monedas de las que allí se almacenaban, aunque a
continuación razonaba que tendría que robarlas y él era muy pobre pero no
ladrón.
¿Qué hago? Si me llevo unas poquitas no es muy grave. Ya que ¡tienen
tantas! Además aquí se ve perfectamente que los que las traen aquí son
ladrones. Sólo ver las cosas que hay: pistolas, disfraces y mucho oro. En el pueblo
se dice: “Ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón!
Sin pensarlo más cargó
sobre su espalda un costal lleno de monedas y lo llevó con gran esfuerzo hasta
donde había quedado el borrico. Lo cargó sobre el animal y emprendió el camino de regreso lo más rápido
que pudo.
Llegado a su casa comentó a su esposa lo sucedido, la cual daba saltos de alegría, ordenando
a su hija que fuera a la casa del hermano de su padre –llamado Juan – para que
les prestase una medida para saber la cantidad de monedas que había traído su
padre. La niña fue corriendo a casa de su tío y le pidió una cuartilla
prestada.
El señor Juan le preguntó:
¿Que vais a medir con la cuartilla?
Dineros –le contestó la sobrina-
¿Dineros? Bien sabemos todos que en tu casa no hay dineros.
Es verdad. Son monedas que ha traído mi padre.
Bueno, bueno, llévate la cuartilla pero quiero que la devuelvas
lo antes posible,
La niña cogió la cuartilla y marchó corriendo para su casa,
donde sus padres que le esperaban con impaciencia procedieron a medir las
monedas, mientras oía decir a su madre:
¡Somos ricos! ¡Que alegría!
El padre dijo a la niña y a su esposa que no debían
comentar lo que les había sucedido hasta que el tiempo fuera pasando, pues
podía llegar a oídos de los ladrones que seguro estarían furiosos y, no sólo
vendrían a recuperar el dinero sino que tomaría represalias sobre ellos.
Yo no diré nada –dijo la esposa- aunque me costará
bastante tener tanto dinero y no hacer uso de el y, ni siquiera contárselo a
las vecinas.
Yo tampoco diré nada –afirmó la niña- pero con todo este
dinero seremos ricos como el tío Juan. Verdad papa.
Claro que somos ricos y más que el tío Juan –le confirmó la
madre-
De todos modos cuanto menos hablemos de esto mejor –dijo su
padre- y ahora ves a devolver la cuartilla al tío Juan y darle las gracias.
La niña llevó la cuartilla a su tío y le dijo:
Aquí tiene la cuartilla y muchas gracias.
Cuando la chica hubo marchado, Adelina, la esposa del tío
Juan le preguntó a su marido:
¿Para qué quería la cuartilla tu hermano?
Me ha dicho la niña que para medir dineros.
¿Para medir dineros? Para medir piojos quizá.
Pero al situar la
cuartilla en su sitio comprobó que en una junta había una moneda incrustada por
lo que dijo a su marido:
¿Para que dijo tu sobrina que querían la cuartilla?
Para medir dineros.
Pues mira que moneda hay aquí –al tiempo que le enseñaba una
moneda de oro.
El señor Juan, dijo a su esposa que olvidara todo aquello y
que bien sabían la suerte de su hermano Pepe, siempre sumido en la pobreza,
pero la señora no paraba de darle vueltas hasta que consiguió que su marido
fuera a casa de su hermano.
Aunque el hermano Pepe no era partidario de comentar sobre
las monedas, al final terminó confiando a su hermano lo que el pretendía fuera
un secreto.
Juan quedó maravillado del hallazgo de su hermano para a
continuación proponerle ir ambos a por otra carga de monedas.
Pepe se puso muy serio y le dijo:
Eso ni lo pienses y además te pido que no digas a nadie lo que
te acabo de contar. Es un asunto muy peligroso pues los ladrones no son gente
que se les pueda engañar fácilmente y si se enteran que he sido yo, mi vida
correría peligro de verdad. Así que tú no sabes nada de esto.
De acuerdo, de acuerdo, yo me olvido de esto y te deseo que
con el oro que has traído viváis mejor de ahora en adelante. Yo vuelvo para mi
casa y todo olvidado.
Cuando Juan regresó a su casa informó a su esposa lo
sucedido a su hermano y la promesa hecha de no decir nada del asunto.
Adelina no quedó muy conforme con la promesa de su marido
mientras se movía de un lado para otro diciendo:
Yo no entiendo como vamos a encajar que la familia de tu
hermano, sean más ricos. Yo de pensarlo ya me estoy poniendo nerviosa.
Durante todo el día, la señora, estuvo dale que te pego:
Tienes que ir a casa de tu hermano y si no quiere acompañarte
–ya sabemos que ellos nunca valieron para nada y así les ha ido-Que te informe
donde están esas minas de oro y tu vas a por una buena carga. Pues buena soy yo
para aguantar a esa pobre enriquecida de tu cuñada.
Y fiel a aquel refrán que dice. “Si tu mujer te pide que te
tires por un tajo, pídele a Díos que sea bajo” Juan marchó a casa de su hermano
para hacer lo que su esposa le pedía.
Así el rico señor Juan, después de pasar por casa de su
hermano para que le contase el lugar exacto de la cueva, así como las palabras
mágicas, el cual le insistió mucho que contase todos los ladrones que habían de
ser doce y que tuviera mucho cuidado, se dirigió hacia al lugar amparándose en la oscuridad de la noche. Así
llegó frente a la puerta de la cueva y, haciendo el menor ruido, llevó el
caballo a la distancia que creyó conveniente y lo ocultó entre los árboles, para
volver y situarse en un montículo alejado desde donde divisaba la entrada sin
ser visto. Allí pasó casi toda la noche sin percibir ninguna señal de los
ladrones, hasta que a la madrugada empezaron a salir, uno tras otro, los doce
hombres que su hermano le había dicho. Una vez que los ladrones se alejaron,
esperó un poco más por si alguno se volvía por alguna causa, el señor Juan, se
acercó a la puerta de la cueva y pronunció la extraña frase –
“Ábrase la puerta de la cueva siniestra”.
La puerta se abrió y
el rico señor Juan entró y buscó hasta encontrar las monedas que le había
comentado su hermano.
Miraba y miraba con tanta admiración que no se decidía a
cogerlas, en el instante que uno de los bandoleros había regresado y lo estaba mirando
sin decirle nada. Unos segundos después el ladrón le dijo:
No has tenido bastante con llevarte tanto dinero que vuelves a
llevarte lo que no es tuyo.
Yo no me he llevado nada y solo quería unas monedas para
colección.
Sabes una cosa que lo que más me molesta es un mentiroso. A
los ladrones los tolero pero no a los mentirosos.
Así que te voy a sujetar con unas cuerdas hasta que vengan mis
compañeros que tendrán muchas ganas de verte. ¡Que lástima que seas un
mentiroso! Como ladrón podías quedarte con nosotros.
Sepa usted que yo no soy ladrón. Yo soy una persona bien
posicionada y no quiero ser ladrón.
Cuando volvieron los demás ladrones le dieron una buena
paliza para que les informara donde estaba el oro que la había robado. Pero
Juan fue valiente y no traicionó a su hermano.
Los bandidos no le permitieron marchar durante todo el día
y por la noche hicieron que le acompañara hasta su casa, la cual registraron
buscando las monedas que les habían desaparecido. Como no las encontraron
decidieron llevarse todo cuanto encontraron de valor; ya fueran joyas, relojes
o dinero, que esta familia de ricos tenía.
Cuando se marcharon Adelina insultaba al señor Juan, tratándole
de tonto, inútil y cuantas cosas malas salían de su boca rabiosa recordándole
que ahora eran más pobres que su hermano, y todo por su culpa.
A partir de este día las cosas cambiaron entre los hermanos
pues el Pepe vivía a lo grande mientras el hermano Juan ya no era tan rico. Y
la Señora Adelina sufría sólo con pensar que Pepe y su familia eran más ricos que ellos.
Pues una vez más se demuestra que tratar de adquirir bienes
a base de robos u otras malas artes pueden acarrear mayores males. Y que la
ambición puede llevar a la perdición.

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