MAS VALEN MAÑAS QUE FUERZAS
Dos mirlos recorrían unos campos de olivos buscando
aceitunas, pero éstas eran escasas por lo que tardaron largo tiempo en llenar
sus buches.
Las horas transcurridas, las arrugadas y resecas aceitunas
que habían tragado, unido al intenso calor que hacía, les producía una sed
intensa, por lo que uno de ellos dijo:
Tengo mucha sed y no
tenemos agua.
Pues yo siento lo mismo -dijo el otro- y estoy seguro que si
no logramos beber no podré regresar a la alameda.
Podríamos buscar agua antes de regresar-apuntó el primero-
Me parece bien -contestó el otro- y, para encontrarla más pronto iremos uno por
cada lado.
Así lo hicieron, quedando de acuerdo que el que hallase primero el deseado líquido avisaría
al otro para compartirlo y regresar
juntos después.
Uno de ellos se dirigió al cortijo más próximo, se paró
sobre una de las cornisas y empezó a mirar los recipientes que había en el
patio y, como desde allí no podía ver el contenido de los diferentes
recipientes decidió mirarlos uno por uno revoloteando sobre ellos comprobando
que en un jarrón había agua suficiente
Pero estaba tan baja que no podía llegar con su pico por
mucho que lo intentaba. El esfuerzo que
realizaba para intentar llegar hasta el agua le dejaba cada vez más exhausto.
En uno de los intentos se volcó el jarrón, con tan mala fortuna que cayó sobre
él dejándole herido de un ala y, no solo eso, también el agua se derramó y en
el instante fue absorbida por el suelo.
El mirlo se sintió morir: sin agua para beber, incapacitado
para volar y con un cansancio y una sed que ni siquiera le permitía pedir
auxilio.
En tanto el otro sediento pájaro recorría, uno tras otro,
todos los cortijos que había por aquellos campos hasta que su constancia lo premió viendo agua en un
caserío abandonado, aunque con la dificultad de que el agua estaba en un
pequeño cántaro y su pico no podía llegar hasta ella. Y mientras pensaba como
hacerlo y gritaba a su compañero para que viniera a ayudar y disfrutar del
preciado líquido, se le ocurrió una idea
genial: introducir dentro del cántaro, una tras otra, las piedrecillas que
encontraba por allí.
Así comenzó a trabajar con entusiasmo y, se fue animando al comprobar que el agua subía cada vez que aumentaba el
volumen de las piedras dentro del
cántaro, hasta que le permitió beber
todo cuanto necesitaba. Después de descansar un poco volvió a llamar con
insistencia a su compañero, obteniendo
una débil respuesta que apenas pudo entender,
por lo que decidió regresar al lugar donde se separaron y decirle que ya
tenían agua para los dos. Así lo hizo y
conforme se acercaba iba llamando a su compañero de aventuras, oyendo por fin una respuesta clara que decía:
Estoy aquí. Ven a socorrerme.
Al escuchar la solicitud de ayuda, el buen mirlo dio
tal impulso al movimiento de sus alas
que, le permitió plantarse junto al compañero en poquísimo
tiempo. Al llegar junto a él le vio tendido en el suelo, sediento y sin poder
volar.
¿Que te ha pasado? Te he llamado muchas veces.
Es que se me volcó el
jarrón y me cayó encima derramándose el agua, y aquí me tienes sediento y sin
poder moverme.
No te preocupes. Ya tenemos agua para beber.
El buen compañero le ayudó a llegar hasta el botijo y, después de saciarse y descansar un poco, se
puso sobre sus alas al mirlo lesionado hasta regresar a la alameda donde
convivían felices junto a los demás componentes de la banda –
El mirlo bueno se sentía feliz por haber regresado con el
compañero herido y recibir el aplauso de los componentes de la banda.

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